El último gran filme que realmente dejó huella en mí fue There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson. Aquella historia sobre la ambición desmedida, la charlatanería y el enfrentamiento de dos cínicos por el poder, me pareció una de las cintas más originales que se han realizado en lo que va de este siglo.
La forma tan soberbia de filmar, exigir demás a sus actores y musicalizar de forma poco ortodoxa (con Jonny Greenwood, de Radiohead, ni más ni menos), tratando el séptimo arte como algo más grande que la vida, es algo que sólo Stanley Kubrick había alcanzado antes con 2001, A Clockwork Orange y The Shining.
Paul Thomas Anderson, quien ya me había logrado emocionar de sobremanera con Magnolia (nunca olvidaré a aquella estúpida novia que me dijo en el cine: “pero… ¿por qué llueven ranas?”, razón suficiente para terminar con ella y contemplar cambiar de bando), se convirtió en mi héroe.
Si bien creo que Lars Von Trier tiene razón al decir que es el mejor cineasta del mundo actual, aunque lo odien por eso, PTA -como cariñosamente le dicen sus actores y su ex novia, mi otra ídola Fiona Apple-, es el realizador más original de los Estados Unidos.
Sobra decir que moría por ver The Master, su más reciente filme, aquel que secretamente es sobre la cienciología aunque no lo acepte, y que es protagonizado por el gran Joaquin Phoenix y el siempre sobreactuado, en mi opinión, Phillip Seymour Hoffman.
A las 4:20 me enteré que había función a las 4:30, corriendo, sudado, sin aliento llegué y finalmente me senté en la sala que no albergaba a más de 20 personas en ella. El filme inicia como There WIll Be Blood. Es más, el filme es muy similar a la cinta protagonizada por Daniel Day-Lewis.
Existe un paralelo. Al principio no tenemos idea hacia dónde va la película. Y pasa casi una hora antes de que Phoenix, de quien simplemente vemos es un desastre en todos los trabajos y es adicto a sustancias alucinógenas, tenga su primer encuentro con The Master. Es decir, el creador de un culto que decide reclutarlo como conejillo de indias para manipularlo a su antojo y hacerle creer que venimos de extraterrestres, que podemos curar leucemias con viajes astrales a trillones de años, y que todo el control del mundo está en la mente de uno… lo bueno es que no tiene nada que ver con la cienciología…
The Master me desesperó, me puso de malas, me hizo gritar: “basta”, me provocó decir en voz alta: “qué mierda es ésta”, pero también me maravilló, me estimuló, me hizo reconocer la grandeza de Phoenix, tolerar a Seymour Hoffman, aplaudir a Amy Adams -en el mejor personaje de su carrera- y nuevamente su estructura visual y auditiva me logró poner la piel chinita.
Durante las más de 2 horas y media que dura la película, uno experimenta todo tipo de emociones, desde las más negativas que orillaron a media sala a abandonar la proyección, hasta el aplauso de un espectador al final (no fui yo), y el comentario de dos personas: “son las peores 2 horas y media de mi vida”, y “estoy decepcionado, creo” -éste último si fue emitido por mí-.
Sí estoy decepcionado. Esperaba mucho más de The Master, nunca queda claro el mensaje del cineasta. ¿Los cultos son para mentes débiles? ¿Y para eso necesitas 2 horas y media para decirme lo que ya sabía? El enfrentamiento final entre Phoenix y Seymour Hoffman, es idéntico al de Paul Dano y Daniel Day-Lewis en There Will Be Blood, aunque en The Master no hay resolución. Nada está terminado. No se entiende el por qué del final, incluso el por qué del filme.
The Master pudo haber sido el mejor filme del año y seguramente será reconocida en las categorías de actuación. Pero Paul Thomas Anderson no hizo otra obra maestra al nivel de Magnolia o There Will Be Blood. De eso, no hay duda.
Por +Ernesto Sanchez
Ernesto Sánchez