Hace poco veía un documental de cómo se hizo Psycho de Alfred Hitchock, y cómo su intención original es que la famosa escena de la regadera no llevara música incidental. ¿Se la imaginan? Yo tampoco. Lo que hace esa escena memorable y que se quede en el subconsciente colectivo, se nos ponga la piel chinita y tengamos pavor de las cortinas de baño, son los violines de Bernard Hermmann, su músico de cabecera, quien afortunadamente tuvo la visión -y la terquedad aunque le costara varias peleas con Hitch- de realizar una partitura para el asesinato más importante en la historia del cine.
No soy un hombre llorón. De hecho creo que no he llorado más de cinco veces en mi vida. Pero cuando vi aquel documental, me di cuenta que las veces que he berreado en mi vida, siempre ha sido escuchando la partitura de una película. Cuando mi hermana se casó, desconocía que había elegido el tema de amor de Cinema Paradiso -compuesto por Ennio Morricone- para acompañar el ritual de las arras y el lazo, este último del cual yo era padrino. En el momento en el que empezó la nostálgica melodía, unas incontrolables ganas de llorar empezaron en mí… no sabía qué hacer, me mordía un labio, me pellizcaba, tosía, pensaba en algo gracioso, pero los remedios eran inefectivos. Cuando me quería salir de la iglesia pero ya era muy tarde: Ernesto estaba acongojado como si se tratara de un funeral. La misma Victoria Ruffo se había quedado pendeja a mi lado.
El sacerdote me decía: “contrólate niño”. Mi acompañante, me sostenía y me decía, “ay qué lindo que llores por tu hermana”. Quiero mucho a mi hermanita pero no lloraba por ella, ni por que tuviera objeciones para que lo hicera. No, al contrario, su cuarto finalmente sería mi soñado cuarto de cine. Lloraba simplemente por lo que la música de Morricone, la perfecta partitura para la escena más emotiva de Cinema Paradiso, provocaba en mí: una montaña rusa de emociones que solo la música incidental ha logrado en mi alma.
Haz clic para escuchar la partitura de Cinema Paradiso de Ennio Morricone… yo no puedo escuchar ni el primer acorde o lloro.
La música incidental o score del cine para mí es el elemento fundamental de la vida por una simple razón: la música es el único arte universal. Nos podremos odiar entre nacionalidades, tener gustos y culturas distintas, no entender nuestros idiomas, pero un tema musical siempre unirá al mundo. Y tratándose del cine, mi pasión, con más razón aún.
Hay partituras inolvidables que aderezan las películas como complemento de las historias: The Godfather, de Nino Rota; Gone With The Wind, de Max Steiner; A Streetcar Named Desire, de Alex North, por mencionar algunas. Hay otros scores que nos hacen recordarlos junto a las escenas y nos es imposible separarlos… son los matrimonios perfectos: Jaws, de John Williams; The Good The Bad And The Ugly, de Ennio Morricone; Star Wars, de John Williams; The Hours, de Philp Glass, y American Beauty, de Thomas Newman.
Pero hay las composiciones que incluso van más alla de la película, aquellas que se quedan en nuestra alma y que rebasan incluso al filme. Las que son más grandes que las mismas imágenes.
Cuando la música de Yann Tiersen para Amélie, Bernard Herrmann para Vertigo; Michael Nyman para The Cook The Thief His Wife And Her Lover; Zbigniew Preisner para Three Colors: Blue, White & Red; o -volvamos al culpable- Ennio Morricone para The Mission o Cinema Paradiso, logran por sí solas provocar todo tipo de emoción en el escucha, se ha superado incluso lo que el cineasta quería. En esos casos, y esto provocará controversia, para mí el director de esa película ES el compositor.
Haz clic en la imagen para escuchar la música de Bernard Hermmann para Vértigo… más grande que la vida.
Por +Ernesto Sanchez
Ernesto Sánchez