Quizá es porque se tardaron décadas en llevarlo al cine, tal vez porque ya está totalmente out, o a lo mejor porque con la edad uno se da cuenta que el libreto detrás del musical Les Misérables es básicamente una versión tan ligera y tan contada con manzanas y peras que podría llamarse Les Mis For Dummies, pero la adaptación del famoso musical de Broadway a la pantalla grande en el 2012 parece totalmente irrelevante. O quizá simplemente sea culpa del pésimo casting del tan esperado filme. Pero de eso hablaremos más adelante.
Antes de que me crucifiquen, yo declaro que fui fan del show de Broadway en su mero apogeo. Aunque se estrenó en 1980, tuve oportunidad de verlo a principios de los noventa, cuando era el musical más visto en todo el mundo, y después, en un viaje en 1996 el morbo me llevó a verlo con Ricky Martin (quien venía de un éxito semejante: Alcanzar una estrella II, ja, ja, ja, yo sólo me festejo mis chistes), y cuando me fui a vivir a Nueva York la vi dos veces más, incluso una tercera cuando retornó a Broadway en una pequeña adaptación de dos horas y bajo el título Les Mis.
Hijo de su pelona... ¿Cómo es que iba esta canción?
Algo tenían las canciones de Schönberg y Boublil. Una sencillez y una manera tan directa de contar las cosas que era imposible que no se convirtieran en pegajosas melodías. Por supuesto que había demasiada redundancia en las notas, en las melodías y eso hacía que uno tareara todo el musical al derecho y al revés. Pero en momentos como “On My Own”, “Do You Hear The People Sing?” y “Stars” parecía haber honestidad y salpicaduras de arte.
Las limitaciones de un escenario teatral desafiaron la puesta en escena de Cameron Mackintosh de la cual salió más que bien librado, pues la imaginación hizo que se realizara una plataforma movible, uso de luces para simular el drenaje, y los mismos movimientos de los actores para complementar ritmos para la música en vivo. Tengo las versiones del West End, Broadway y el 25 aniversario de los temas de Les Misérables, y aunque tenía años de no desempolvarlos, y a pesar de que Susan Boyle me hizo detestar “I Dreamed A Dream”, es tras ver la versión fílmica que vuelvo a admirar lo que la versión teatral se llevó.
La película Les Misérables, bajo la dirección de Tom Hooper (The King’s Speech), en lugar de una lección de historia o por lo menos una conmovedora historia de amor o redención, resulta una película sentimentalista, sin vida, sin energía, sobre un grupo de actores que desafinan peor que Érika Buenfil en su álbum debut, visualmente claustrofóbica (el director desaprovecha el medio cinematográfico y nos llena la cabeza de incomodísimos close-ups y en las tomas abiertas no es difícil ver que se trata de un set), y sin motivo o razón de ser.
¡No te mueras, eres la única que sabe cantar!
La gran culpa de todo la tiene el cineasta porque a él se le ocurrió la “espléndida” idea de que los actores cantaran en vivo, sin música, mientras filmaban, y no fue en post producción cuando se agregaron los arreglos orquestales. Esta “revolucionaria” idea que según él le daría un mayor realismo al filme, no hace más que captar una incomodidad terrible de sus estrellas: Hugh Jackman recita gran parte de sus líneas, y varias veces voltea a ver a la cámara en close-up; Russell Crowe, quien apenas abre la boca y las carcajadas se dejan escuchar en el cine, parece un actor de cartón que no sabe a dónde moverse y que no puede cantar ni una estrofa con una diferente inflexión de voz, porque no sabe qué hacer. Nunca había visto a un histrión más desagusto con su personaje que Crowe como Javert.
Y ese es el gran primer error de Los Miserables. Si Jackman y Crowe no logran nunca comunicar las infinitas emociones de Jean Valjean y el Inspector Javert, respectivamente, sobre la ética y el honor, es lo mismo que ver Un Tranvía Llamado Deseo sin Blanche y sin Kowalkski. Es decir, el peso cae sobre todos los secundarios que sólo tienen dos ó tres intervenciones. La bronca en Les Mis, es que ¡nadie, excepto Anne Hathaway -hasta cierto punto- puede con el peso!
La Cossette de Amanda Seyfried es como un espectro que además canta como ardilla. No tiene gracia, presencia, nada. Por lo tanto, la historia de amor con el civil vuelto guerrillero Marius (Eddie Redmayne), también insignificante, no logra trascender. Esa es la gran frustración que uno siente al ver Les Misérables en cine: no trasciende. Con millones de elementos mayores al teatro, no logra pasar, no logra comunicar nada más que estar escuchando un pésimo disco con los temas de la famosa obra teatral.
Una historia de amor que no trasciende: Cossette y Marius
Por supuesto que no todos los que participan están para aventarle tomatazos, no. Helena Bonham Carter como la señora de Thénardier, en una caracterización muy Tim Burtonezca, está graciosa, mientras que Colm Wilkinson (el original Valjean y el original Fantasma de la Ópera en Broadway) como el obispo, así como Samantha Barks como Éponine y una memorable entrega de “On My Own”, logran una naturalidad que contrasta salvajemente con el resto del elenco.
Y como mencionaba, de las estrellas, es sólo Anne Hathaway quien demuestra más respeto por Les Misérables, y al menos se ve que actúa, y no que es una estatua de cera como sus compañeros. Su rendición de “I Dreamed A Dream” es sumamente endulzada y sentimentalista, aderezada de chantaje emocional con todo y sus manerismos, pero al menos logra quedarse en la memoria. Es el número más grande del musical, y sucede a principios del filme… y todo se va en picada desde ahí.
Ni los famosos Thénadiers, adaptados como elementos cómicos para aligerar un poco la excesiva tragedia de Les Mis logran capturar la magia de la obra original. Y es que, a diferencia de los scores de cine para musicales como Evita, Chicago y Rent, el de Les Misérables es el más miserable de todos, y pareciera que la película se hubiera realizado décadas antes que la obra. Qué tristeza. He aquí una película que jamás debió haberse hecho.
Por +Ernesto Sanchez
Mmm... este... ¿para dónde se supone que debo mirar mientras canto como Erika Buenfil?
Ernesto Sánchez